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lunes, 25 de octubre de 2010

LA NAVIDAD TACHIRENSE - LEONOR PEÑA

En San Cristóbal, diciembre se anticipa en el aire: “Lo encontramos de pronto, más transparente y más esbelto y mas tembloroso, más alto. Se nos solazan más vivamente, dentro de él las cosas y las distancias. Comprobamos así, que la luz adquiere candideces de recién nacida; que los pájaros cantan y vuelan con mayor júbilo; que las aguas pasan con más alacridad; que la brisa nos ciñe con mayor ternura; que las campanas suenan como si estuvieran dentro de nuestro corazones”. Así describe diciembre en la ciudad, el poeta Pedro Pablo Paredes.
La historia nos cuenta también con la poesía de los recuerdos y de las tradiciones que perduran, el porque diciembre en el Táchira es un tiempo fugado del paraíso: tiempo de emocionarse con los primeros villancicos cantados por los benjamines de las familias; de almibarar buñuelos; de buscar en el puesto de las flores del mercado las recién llegadas albricias del páramo, que desde los floreros nos auguran felicidad. Tiempo de asomarse por las ventanas de esas viejas casonas que aún nos quedan y ver como un prodigio de texturas y tonos el colorido pesebre con sus paneles y telas, teñidos por las manos hacendosas de toda la familia: lleno de lama montañera, de guinchos florecidos, de lentejas retoñadas simulando sementeras o sembradíos de maíz, y sobre todo lleno de orgullo de los dueños de la casa, que han cedido a la tradición del pesebre, el honor de presidir la sala.
Diciembre en el Táchira es también tiempo de golondrinas surcando los cielos; de probar en brindis los mejores ponches salidos del viejo recetario; de reunirse desde los primeros días a fabricar en papel de colores los globos que incendiarán la noche decembrina de antorchas que vuelan; de rezar la novena al Niño desde el dieciséis hasta el veinticinco; y de asistir también en esas fechas a las nueve misas de aguinaldos, madrugadora fiesta de esta tierra, donde cada gremio o grupo se luce patrocinando la celebración de la misa aguinaldera, demostrando su júbilo y liderazgo mediante el mayor y más sonoro símbolo de fiesta en el Táchira: la pólvora y la música.
Quizá, de todas las tradiciones la más popular, la más adentrada en la memoria del pueblo, envuelta en los girones del tiempo, sea la del “Año Viejo” y “El Toro de Candela”. Los dos consolidan su trapuda presencia en la ropa vieja recolectada de casa en casa, por los muchachos volantineros del barrio, de la cuadra, de la aldea, sin distingo social. Es con sobrantes retazos de coleto, con residuos de madera, que improvisadamente les vertebran su eje y en su corazón de pólvora y trapo mojado en kerosén, llevarán el “Año Viejo” y el “Toro de Candela” por costumbre del sentir popular, toda la teluria decembrina de esta tierra de tradición.
Finaliza diciembre, mes de lucir en las mesas la sazón añeja y cuidadosa que reúne a la familia en la liturgia gastronómica de hacer las hallacas. Mes de brindis, buenos deseos y mejores saludos. Mes donde los tachirenses estrenamos el sol nuevo del verano recién llegado, entre ligeras lluvias despidiendo el invierno y verdes recién nacidos como el Niño Dios. Mes donde la ciudad y los pueblos abrillantan su rostro en el follaje nuevo de sus árboles y el azul alegre de su cielo, que nos contagia de pascua y nos tienta a borrar del calendario los demás nombres de los días de la semana, para llamarlos a todos: domingo. Como dice un sentir campesino… “diciembre en el Táchira es un mes dominguero”.
Por todo lo cierto de estas razones, creí necesario recopilar para las nuevas generaciones, la “tradiciones navideñas”, herencia que el ayer no lejano nos ha entregado, gracias al trabajo de escribir para resguardar de: Ramón J. Velásquez, quien además las ha editado en la colección de los tachirenses, la Biblioteca de Autores y Temas Tachirense, BATT; Luis Felipe Ramón y Rivera, Isabel Aretz, Anselmo Amado, J.J. Villamizar Molina, Rafael María Rosales, Reina Durán, José Humberto Maldonado y Leonor Peña.

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