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lunes, 25 de octubre de 2010

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Programa del  Lunes 18 de Octubre de 2010


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Programa del  Miércoles 20 de Octubre de 2010
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Programa del  Jueves 21 de Octubre de 2010… Con Sabor a Navidad!!


Programa del  Viernes 22 de Octubre de 2010




ITINERARIO DE AGUINALDOS EN SAN CRISTÓBAL

LA QUEMA DEL AÑO VIEJO

En algunos pueblos acostumbran hacer un muñeco grande, casi del ta­maño de un hombre y quemarlo en la noche del 31 de diciembre. A esto le llaman la "quema del año viejo". Esta costumbre, como dijimos al referirnos a la quema de Judas, proviene de Europa en donde se halla difundida con iguales o parecidas circunstancias por muchos países.
En el Estado Táchira hallamos datos de dicha costumbre en Palmira. El Cobre y San Félix. En el primero de los pueblos mencionados estu­vimos esperando en vano que se realizara dicho festejo, el 31 de di­ciembre de 1959; lo cual prueba que unas veces lo hacen y otras no. En esa ocasión todo el mundo parecía esperar en el pueblo la realización de la quema, y a todos los que preguntábamos no daban una explica­ción que aclarara por qué no se hacía. Según los datos la quema se efectúa un poco antes de la medianoche; pero en vista de que nuestra espera y averiguaciones resultaban infructuosas, resolvimos irnos a otro lugar a investigar.

En El Cobre, según las informaciones de Delfín Sayazo, sacan "el año viejo" en un cajón, con el Padre, monaguillos (disfraces), dos hombres que van llorando y diciendo todo lo que hacía, y que era muy bueno. Los músicos van delante. Así le daban la vuelta al pue­blo. Finalmente, en el campo deportivo "le meten candela; el cajón va taquiado de pólvora".
Cerca de San Félix, en el lugar denominado "El Cuatro" vimos re­costado a una cerca uno de estos muñecos que había quedado sin que­mar. Los vecinos, un poco en broma, dijeron que se llamaba Don Pancracio y explicaron que con él anduvieron parrandeando la noche de año nuevo.

PROCESION DE POSADAS

Esta representación consiste en recordar la peregrinación de San José y la Virgen desde su pueblo de Nazareth hasta Belén. Se recuerda en ella por medio de cantos, los sufrimientos que pasaron pidiendo albergue. En varios, países del continente se acostumbran estas representaciones. En México tiene gran importancia y las gentes se preparan con mucha anticipación para este festejo tradicional que allí tiene tanto valor como la Nochebuena misma.
Entre nosotros es más modesta, como se verá.
Uno de nuestros informantes, el Sr. Rafael María Parra, en San Si­món, designó a estas celebraciones con el nombre de “Jornadas de Po­sadas”, diciéndonos que en dicho pueblo se celebraron en años pasados con gran entusiasmo, y añadiendo que se hicieron allí por indicación de un sacerdote colombiano de apellido Vega. Cree el señor Parra, que esa representación fue llevada de allí a Pregonero. Añadió que los sacerdo­tes que la iniciaron fueron los dominicos.
Nosotros presenciamos dichas representaciones en Queniquea y Pre­gonero. En el primero de los pueblos nombrados, un coro de niños can­taba delante de las puertas el cántico pidiendo posada, y de adentro le respondían con negativas. Así, hasta llegar a la iglesia, en una procesión a la que acompañaban el cura y los fieles rezando. En Pregonero es semejante, durante los días, que preceden a la Nochebuena; luego cam­bia de la manera como se verá en el relato que damos a continuación, según nuestras propias observaciones.
Sale de la iglesia un coro de niñas, tres monaguillos que llevan la Cruz y las dos velas laterales; tras de éstos, el sacerdote revestido con sobrepelliz y capa, el cual dirige la ceremonia y marcha delante de una imagen de San José y la Virgen que conducen varias personas. A todos rodea la muchedumbre. Las mujeres no usan sombrero, sino pañolón (mantilla grande y negra, de seda); los hombres cami­nan en la procesión, atentos, silenciosos, sombrero en mano y acom­pañando el rezo del sacerdote.
Previamente han sido convenidas las casas a donde van a parar. Al llegar delante de la puerta de la casa escogida, los tres monaguillos se colocan frente a ella, en tanto que el coro de niñas se divide en dos para proceder a cantar. Una parte de ellas se introduce en el zaguán o en la sala de la casa, entrecerrando a continuación la puerta, mientras la otra, afuera, inicia el canto:

De larga jornada
 rendidos llegamos,
y asilo imploramos
para descansar.

Contestan adentro:

¿Quién a nuestra puerta
 en noche inclemente
se acerca imprudente
para molestar?

Responder afuera:

Pobres peregrinos
que de extraña tierra
andan sin consuelo
buscando un hogar.

Adentro:

Aquí no hay asilo,
es hora importuna
y en parte ninguna
se puede albergar.

Concluida esta última estrofa los monaguillos inician la marcha hacia la siguiente casa convenida, y tras de ellos sigue toda la procesión. El re­corrido entre una y otra casa lo ameniza la banda, y detrás, junto a la imagen va el sacerdote rezando acompañado por los fieles.
Cuando termina el recorrido por las casas, se dirige a la procesión de regreso a la iglesia, en cuya puerta principal se representa nuevamente la acción; pero esta vez suprimiendo las dos últimas estrofas y añadien­do las que damos a continuación, que cambian el curso del aconteci­miento, pues esta vez penetra la imagen al tiempo con toda la procesión:

Afuera:

Dos pobres esposos,
San José y María,
que Dios los envía
 a implorar piedad.

Contestan adentro abriendo las puertas para que penetren todos.

¿Eres tú, José,
tu esposa María?
Abran estas puertas,
no los conocía!

La procesión termina en la iglesia después de esta representación, con nuevos cantos y rezos, finalizados los cuales se retira la concurrencia.
Durante el novenario de aguinaldos esta ceremonia se realiza como queda descrita, pero la noche de Navidad toma un aspecto más teatral, porque en esta ocasión el coro de niñas no va trajeado corrientemente, sino se visten de "pastoras". Consiste este vestido en una falda larga (tela de colores) con cota, sombrero de cogollo de anchas alas (pava) y una cesta con flores que llevan en el brazo. El detalle más importante de la procesión en esta noche es, sin embargo, que en lugar de la imagen de San José y de María, esta vez dichos santos los representa una pareja de niños, vestidos según los modelos comunes de las imágenes del culto; y además, la niña que representa a la Virgen va montada en un burro que conduce San José.
Es casi seguro que estos personajes eran antiguamente personas adultas (como viene haciéndose desde la Edad Media y todavía se acostumbra en algunos países), y que, por razones puramente psicológicas han sido reemplazados por niños que asumen gustosos este tipo de papeles. El carácter de devoción popular de esta procesión, y a la vez su aspecto de auto sacramental, se manifiesta además en el siguiente hecho: El señor Antonio Vivas construye especialmente para la última procesión de po­sadas, en una calle lateral vecina a su casa, un retablo campesino que semeja un rancho, y dentro de éste coloca un banco de carpintería. Cuando la procesión llega a este sitio, la Virgen baja del jumento y barre el piso con una escoba allí colocada exprofeso, en tanto que San José simula trabajar en el banco; todo ello, en medio del recogimiento y expectación de la concurrencia, como si en efecto se asistiera a una escena de la Sagrada Familia. Esta devoción particular corresponde a la parroquia de San Antonio (el pueblo se divide en dos parroquias, la nombrada, que es la más antigua y la del Carmen).
Fuera de Navidad, como es sabido, la festividad religiosa más im­portante es la de Semana Santa. Esto es así igualmente para la colecti­vidad que asiste y da realce a estos festejos. En cada pueblo o aldea, además tiene una importancia semejante, únicamente el santo que es patrón del pueblo.

REPRESENTACION DE LOS REYES MAGOS

En la actualidad, el pueblo de Capacho en el municipio Independencia, ca­pital del distrito Capacho (y "Capacho” por antonomasia), es el encargado de mantener en el Táchira la antigua tradición del teatro popular. Damos a continuación los apuntes realizados con motivo de esta dramatización:
El día 5 de enero de 1960, víspera de la fiesta, viajamos a ese pueblo, a fin de obtener alguna información sobre los preparativos. Conversa­mos con el organizador de la representación, que es el señor Miguel Ángel Chacón Cárdenas, quien trabaja en el lugar como policía. Cha­cón, que contaba para esa fecha treinta y seis años, dice que la represen­tación de los Reyes Magos la organizó hace unos veinticinco años, más o menos, un señor colombiano de nombre Jesús Rodríguez, el cual era herrero. (Por ese tiempo era párroco el padre Luciano Márquez). Algún tiempo después, dejaron de celebrar la representación aludida.
Chacón se propuso reorganizar la dramatización a partir del año de 1950. (No podemos dar el nombre de auto sacramental a esta acción dramática, por varias razones: primero, porque no es una obra integral, realizada por un autor, sino la unión de varios trozos no muy bien hilva­nados, del viejo libro El Mártir del Gólgota; segundo, la intervención en plena acción de varias personas que nada tienen que hacer con la representación; tercero la improvisación por parte de varios personajes, de pasajes cómicos completamente ajenos al asunto y con mezcla dispara­tada de cosas modernas con las antiguas que se representan, etc.). Empezaron con el auxilio del Padre Parada. Nuestro informante dice que el Padre Parada "entusiasmó la cuestión". Utilizaron el libro El Mártir del Gólgota, comenzando con pocos personajes: Herodes, los Reyes, la Guardia y el esclavo Cingo. Poco a poco fueron aumentándolos. Cha­cón representa a Herodes, pero además, saca los papeles de cada actor.

TEATRO POPULAR

La existencia de un rudimentario teatro popular en nuestro país, es cosa comprobada en diferentes lugares. Si bien se dan casos en los que la temática de ese teatro no tiene vinculación religiosa, es, por el contrario, el teatro popular de esa índole el más abundante y dentro de ese aspecto, es más común todavía el tema de la Navidad en sus diferentes fases del anuncio a los pastores. La adoración de los Reyes Magos y la degolla­ción de los Inocentes.
La gestión de los sacerdotes en este sentido, es muy importante, pero no imprescindible, porque siempre hay dentro del conglomerado social alguien con intuición y vocación teatral; y como los temas bíblicos o reli­giosos siempre estuvieron a mano en diferentes libros, el pueblo pudo de este modo también encontrar temas y hasta diálogos, para continuar así una tradición europea en tierras de América. Un ejemplo de tales manifes­taciones lo tenemos en lo que nos informó en San Simón don Rafael Ma­ría Parra. En este pueblo dice, efectuaron durante varios años y con mu­cho éxito la representación que denominaban "Paso de los Reyes". El señor Parra había visto esta representación siendo muy joven en su pueblo natal, Zea, y de allí le vino la ocurrencia de efectuarla en San Simón. El libro que le sirvió como texto fue El Mártir del Gólgota, famosa narra­ción novelada de la Vida y Pasión de Jesucristo, de Enrique Pérez Escrich, cuya difusión en el Táchira a comienzos de este siglo fue notable.
Dice nuestro informante que llegaron a representar este paso no sólo en San Simón, sino también en el vecino pueblo de Hernández, hasta el cual llegaban a caballo y en donde el éxito “era mejor que un pastoral” (visita). Dicha representación, de acuerdo a los informes suministrados, no difiere sino en pequeños detalles de la que se cele­bra actualmente en Capacho; por ejemplo, en que ponían una vejiga con anilina roja debajo de la ropa de los muñecos que degollaban, de modo que al hacerlo y derramarse la sangre, conmovían mucho más a los espectadores.
El señor Parra nos manifestó además, que en Seboruco también se representó el Paso de los Reyes.
Por estos mismos años, nos informa, realizaron en San Simón algu­nas otras representaciones en un escenario levantado en la plaza del Pueblo. Los temas se referían a diversos aspectos moralizadores, por ejemplo, a la lucha contra el vicio del alcohol. Otra de las representacio­nes que llevaron a cabo en este pueblo, fue la Adoración de los Pastores. Se efectuaba el 24 de diciembre por la noche, del siguiente modo:
Salían los pastores desde unas cabañas improvisadas en la plaza, lle­gaban a la iglesia, en la cual los esperaba un ángel, el cual los guiaba en seguida hasta el altar. Cantaban entretanto algún villancico apropiado, por ejemplo, el que dice "Vamos pastores vamos". Al llegar frente al pesebre descorrían un velo, tras del cual aparecía la Sagrada Familia. Entonces hacían "las adoraciones". También en esta representación hay sólo diferencias de detalle si la comparamos con la "Semejanza de los pastores" que efectuaban hace algunos años en San Joaquín, pueblo del Estado Carabobo.

LA CAMPANA

Una bonita costumbre aunque algo costosa es la que denominan La Cam­pana y de la cual damos los datos obtenidos en el distrito Jáuregui.
Según el informe de don Rafael María Parra, existía la costumbre de colgar un objeto en forma de campana cerca del pesebre, y dentro de esa campana ponían coroticos de quincalla, cigarrillos, sardinas, galletas. etc. El día de Año Nuevo se ponían de acuerdo los vecinos y decían: "Vamos a quitarle la campana a fulano de tal", y así lo hacían. Al año siguiente, los que se la llevaban tenían la obligación de devolverla con el doble del valor en objetos y golosinas de las que tuviera adentro. Agrega nuestro informante, que esta costumbre daba motivo para una agradable reunión en la que se cantaba y festejaba con mucha alegría.
Del mismo distrito, en el caserío Pueblo Encima, obtuvimos los si­guientes datos suministrados por la señora Rosa M. Moreno de Rojas: La campana se acostumbra como festejo en todos los lugares vecinos: Nánjar (transformación de Naranjal), Pueblo Hondo, etc. Se hace este festejo el 24 de diciembre o cualquiera otro día del tiempo de Navidad. El dueño de casa prepara la campana. "Por fuera lleva colgados los re­galos que consisten en botellas de vino, miche, pañuelos, cajas de sardi­nas y otros potes, ofrendas para el Niño Jesús, panes con formas distin­tas (granos de trigo, roscas, cangrejos, etc.). Estos panes son fabricados en las mismas casas".
Cuelgan la campana en la sala a un lado del pesebre. Al dueño de casa, que puso la campana, le corresponde arreglar una comida para los que vienen a llevársela. Generalmente es mute o hervido de gallina. El que viene a llevar la campana trae brinde y viene con música y pólvora. Llegan tocando y echando pólvora. Cantan “cantos volaos”, y a veces bailan si el dueño de casa lo permite.
Si se llevan la campana de noche, comen temprano, de modo que llegan como a las nueve a la casa del que se la llevó, "pues hacen otra fiesta y otra comelona". Si la llevan de día, comen también donde está la campana y, luego, el que se la lleva les da otra comida a los que lo acompañaron a buscarla. "El que se lleva la campana está obligado a devolverla al año siguiente con precio doble".

ROBO Y BUSQUEDA DEL NIÑO EN EL TÁCHIRA

Pasada la Nochebuena continúan los festejos populares, pero ya dentro del ámbito del hogar. La Parada del Niño que hemos reseñado por moti­vos de ordenamiento en otro lugar es uno los principales; pero hay otros menos importantes como el robo y búsqueda del Niño.
Con este nombre existió (o existe) una costumbre que consistía en que alguna persona se robaba la imagen del Niño que estaba en el pesebre. Probablemente, en su origen esto fue la broma de algún amigo, aunque puede ser que no estuviera completamente desconectado de la tradición religiosa de la pérdida del Niño y su posterior encuentro platicando entre los Doctores de la Ley. En nuestro caso campesino, la desaparición del Niño daba motivo para que, al encontrarlo en casa de algún vecino, se organizara una fiesta allí con la consiguiente restitución.
No encontramos firmeza en los informes respecto a la vigencia de esta costumbre en el Estado. En San Simón, dos informantes doña Filomena Molina de Adriani y el señor Carmelo Castillo, informaron que el Robo del Niño no se acostumbra, y don Rafael María Parra, en cambio, nos dijo que sí, añadiendo que "se llevan el Niño, y al devolver­lo, después de varios días, lo traen en procesión y le hacen fiesta en casa del dueño. Le cantan romances y cantos religiosos".
Nuestras investigaciones indican que, al menos en el presente, el "Robo y búsqueda del Niño" ha dejado de practicarse. En Palmira nos informaron que antes se hacía, pero que el Padre lo prohibió. En otros lugares dijeron simplemente que no hacen este festejo, o que en el pue­blo sí y en los campos no, como nos manifestaron en Queniquea. En todo caso, no presenciamos dicha costumbre. En Borotá hicieron algo parecido, pero realizado dentro del mayor comedimiento. Consistió en que la noche del 24 de diciembre, después de la misa, cambiaron todos los niños de los pesebres, los de una casa para otra, e incluso el de la iglesia fue cambiado. Este dato es de 1960. Dijeron que el cambio lo realizaron las "pastoras". Después, la noche del Año Nuevo, antes del Tedéum, restituyeron las imágenes a sus respectivos lugares. No pudi­mos obtener mayores datos de este acto.

APUESTAS DE AGUINALDOS

La única mención referente a la costumbre de las apuestas de aguinaldo en el campo, la recogimos en la aldea San Isidro (municipio Delicias), según informe del señor Rufo Buitrago. Es así:
“Se acostumbran las apuestas de aguinaldos. Entre hombres y muje­res, y también entre hombre y hombre o entre mujer y mujer. Se ponen de acuerdo diciéndole a la mujer: Vamos a apostar un par de zapatos contra una camisa.”

Las apuestas acostumbradas son:

Al dar y no recibir.
Al tiento de espaldas.
Al grito a media noche.
Pajita en boca.
Al mudo.
A la pisada de quicio”.

A continuación indicamos en qué consiste el juego:
En el dar y no recibir, como su nombre lo indica, uno de los jugadores le ofrece al otro algún objeto; si el otro lo recibe, pierde. En este caso se dan circunstancias graciosas, porque si la persona que recibió el objeto es nerviosa, comúnmente deja caer el objeto que acaba de recibir cuan­do se percata de su error.
El tiento de espaldas consiste en sorprender a la persona descuida­damente por la espalda, y gritarle ¡Mis aguinaldos!, con lo cual pierde su apuesta.
En el grito a media noche, uno de los jugadores cuando supone que el otro está dormido, llega hasta su casa y le grita llamándolo; si el otro responde, no ha perdido; pero si no responde lo despierta gritándole ¡Mis aguinaldos!, con lo cual le gana. Añade el informante que como este modo es muy incómodo, puesto que hay que trasnochar, no lo juegan si no es por mucha plata.
La pajita en boca consiste en que cada uno de los jugadores debe llevar siempre en su boca una pajita de las mismas dimensiones y tipo de planta escogida en el momento de casar la apuesta. Si durante el tiempo que dura dicha apuesta, que puede ser uno o más días, al pedir uno al otro que muestre la pajita no la saca de la boca y la muestra, ha perdido. (Este modo se presta a hacer trampas, porque si el jugador pierde la pajita o la deshace en su boca, puede cortar una nueva, o la reemplaza por otra pre­parada de antemano).
El que se llama al mudo, como lo indica el nombre, consiste en que uno cualquiera de los jugadores le habla al otro, y el otro no puede res­ponder ni siquiera con una sílaba; si lo hace, pierde.
La pisada de quicio consiste en apostar a no pisar el quicio de la casa (cosa que es muy común en los campesinos cuando están de visita pasa­jera donde el vecino). Si uno de los jugadores ve al otro pisándolo, le grita ¡Mis aguinaldos!, y pierde.

EL PESEBRE

Volviendo a nuestro tema, debemos referirnos al pesebre, que es el núcleo material y espiritual de las costumbres de este tiempo. No hay una casa tachirense que no tenga su pesebre en los días de la Navidad. Hu­milde la mayoría, ricos y llenos de luces los de las casas pudientes, cada pesebre es el símbolo de la fe de estas gentes y su homenaje al Salvador. En el fondo de las almas se crea un compromiso al hacer el primer pesebre, y ya no dejan de hacerla hasta que mueren. Los hijos continúan la tradición de sus padres. Una señora a la que visitamos,  se excuso de lo pequeño que era su pesebre, diciéndonos: "Este es el primer pesebre por eso está muy pobre". Y así es, en efecto, cuando inician esta devo­ción; pero a medida que pasan los años el pesebre se va agrandando con las nuevas figuritas y adornos que se le van sumando, los cuales se guar­dan celosamente en cajones, baúles y cajas de cartón.
El colorido y belleza de los pesebres depende mucho de los me­dios económicos que se poseen, pero mucho más del gusto artístico de quienes lo hacen. Hasta los años de 1920, más o menos, en todo el Estado Táchira, tenían preponderancia las figuritas de anime y de barro, las casitas de cartón primorosamente decoradas, las muñecas de celuloide o de loza (única cosa extraña que había en los pesebres), las cuales alternaban con las muñecas caseras, de trapo. Todo era trabajo de artesanía popular. Ramas y llores de diferentes lugares, lama, guinchos, gusanillo y otros adornos vegetales traídos de los páramos, daba; gracia a la rústica armazón de tablas y cartones. Pero con estos modestos medios y un poco de anilina y mica comprada en la botica, nuestras mujeres campesinas (los hombres intervienen ex­cepcionalmente en esto) hacían un y hacen todavía en el presente, primorosos pesebres.
Detalle importante en todo pesebre tachirense, es la lámpara de acei­te que siempre está encendida, mientras se mantiene el pesebre; y no falta tampoco en algún lado un platico en el que se recoge la limosna que los visitantes dan para el mantenimiento de esa lámpara. Cuando uno deja su moneda y algunos de los de la casa presencia la acción, es infaltable la manifestación de gracias: "Que el Niño le pague".
Es muy diferente, desde luego, la celebración de la Navidad en el campo, al modo como se hace (y se hacía) en los pueblos más importan­tes y ciudades. En los campos no es de rigor hacer hallacas, ni comer el dulce de lechosa; el campesino festeja a su modo y de acuerdo a sus medios. No faltando la bebida y la pólvora. Come en cambio lo que pue­de. Tampoco hemos tenido noticias de que en nuestras aldeas realicen actualmente los juegos llamados "aguinaldos" o "apuestas de aguinal­dos" que conocimos en las ciudades tachirenses en otros tiempos. Allí todo es rigor de trabajo y vida dura, y un poco de descanso y miche cuando llegan las fiestas tradicionales cualesquiera que ellas sean.
En algunas casas, pudientes desde luego,  se daban en otros tiempos casos como estos que nos relató un informante en San Joaquín de Navay: "Los dueños de casa preparaban comida y bebidas; poco, para que no se emborracharan. Hallacas de carne (res), arepas de harina. marrano, ga­llinas, pavo, café, vino y aguardientico. Bizcochuelo. El bizcochuelo más grande para el padrino del Niño. Componían una res".
Desde el punto de vista del folklore, repetimos, la Nochebuena en el Táchira, lo mismo que todas las demás manifestaciones populares de este tiempo, difiere según los lugares y las personas. Hay sitios en don­de la tradición, muy arraigada, impide las mezclas y los cambios que se ven en las ciudades; pero en las mismas ciudades hay personas que se resisten a cambiar. Difiere también, como es natural, la celebración de las ciudades (donde lo ingenuo dejó hace ya mucho tiempo de existir) de la de los campos y aldeas donde, por ejemplo, acuestan la imagen del Niño en una cunita después de las doce de la noche del día 24, para que una señora lo meza y le entone cánticos tradicionales.

CANTOS DE AGUINALDOS

En los días que preceden a la Navidad, se realizan todavía en el presente unas reuniones nocturnas en las que se celebra previamente la venida del Mesías, con cantos, recitaciones y bebidas. En el distrito Uribante, especialmente en las vecindades de Pregonero y La Fundación, llaman a estas reuniones aguinaldos, cambiando el género, no sabemos por qué. En estas ocasiones juntan al canto de romances y villancicos, el recitado de loas (composiciones poéticas en forma de romance). También en el Páramo del Zumbador recogimos noticias de la celebración previa del Nacimiento, en la siguiente forma: Desde el 16 de diciembre hasta el 24, vienen los cantores de aguinaldos (aquí no cambian este nombre) a can­tarle al Niño. Cuatro hombres cantan las coplas, y los demás, a veces hasta treinta, entonan el “contesto”. Empiezan cantando fuera de la casa, que se encuentra con la puerta cerrada:
Ábranme la puerta
que quiero dentrar,
 a adorar al Niño
que está en el altar.

         Los dueños les abren las puertas, pasan adelante y les brindan “calentao, mistela o cualquier otra bebida”. Cada noche cantan en una casa diferente; dicen que “es malo cantar en una sola”. Al terminar se despiden con estos versos:
Les decimos hasta luego,
cantando nos despedimos;
parece que sí cumplimos.
Le digo con gran esmero,
hasta el año venidero
si acaso no me muero.
La información dice que "esto es como novena". Se refiere a la costum­bre de visitar las casas en los días anteriores al 24.
Lo de cantarle al Niño, que no ha nacido en todas estas noches ante­riores a la Navidad es una concesión campesina, también un sustituto de las misas de aguinaldo en los lugares más apartados, donde el ingenuo labrador vive su vida monótona y falta de diversiones. Por eso las vías de comunicación y los radios con transistores acaban con estas costum­bres, su música, sus bailes, etc., por la simple razón de que ya al campe­sino le basta con irse al pueblo y volver por la noche o al día siguiente; o quedarse en su casa escuchando la radio.

FESTEJOS DE NAVIDAD

La más importante fiesta popular tachirense, es sin duda alguna la de la Navidad. Distintas manifestaciones, desde aquella que tiene como cen­tro el hogar, hasta las más callejeras y tumultuosas, encuentran cabida en ella. Los festejos pueden considerarse en dos grupos: aquellos que se realizan antes del 24 de diciembre y los que se realizan después.

MISAS DE AGUINALDOS

Empieza el ciclo de la Navidad tachirense, con la celebración de las misas de aguinaldo, el día 16. Los sacerdotes organizan cada una de estas misas dejándolas a cargo de un gremio de artesanos u obreros, o también de una aldea vecina al pueblo. Uno y otro grupo se afanan en superarse el día que les corresponde, el cual comienza a las doce meridiano y termina en la madrugada siguiente con la celebración de la misma.
Desde lejos, en todo el ámbito tachirense, resuenan los terribles estam­pidos del mortero y demás fuegos de pirotecnia, día y noche, en el tiempo de la Navidad: al mediodía, acompañado de la banda de música en el "paseo" por las calles del pueblo; por la noche, en las retretas que se ejecutan en la plaza principal, acompañadas a veces por determinados juegos populares, y en las madrugadas, antes y durante la misma. Arrecian mucho los estampidos, sobre todo en el momento preciso de la "elevación".
La música y "la pólvora", representan por encima de todo la alegría popular de estos días, pero especialmente se considera necesario el derroche de fuegos artificiales, sin los cuales el tachirense encuentra flojo cualquier festejo y especialmente la Navidad.
De acuerdo al entusiasmo de los moradores -que siempre es un factor muy importante en estas cosas- se celebran en los distintos pueblos tachirenses los paseos que preceden a cada misa. En unos lugares salen disfraces durante las nueve misas, en otros salen solamente el día 24, en otros, ya no se ven. En Palmira todavía hay mucho entusiasmo, y por eso tropieza uno durante esos días con los grupos de hombres vestidos con los trajes más estrafalarios: de viejo, vieja, mujer joven, diablo, el antiguo dominó de carnaval, todos celebrando ruidosamente los aguinaldos y pi­diendo lochas. Algunas personas del lugar se muestran descontentas por eso de que pidan dinero, y dicen que eso antes no se acostumbraba. Pero hoy, los "disfrazas" lo consideran al menos muy natural. Estos grupos de disfraces acompañan a la banda en su clásico paseo por todo el pueblo. Durante el paseo se reparte el programa, hoja impresa en que la facundia popular se vierte en alegres versos, en los que se tratan diversos temas: políticos, de controversias lugareñas por la participación o no en estos festejos; temas morales sobre el matrimonio, el cambio de los tiempos, etc., etc. "Aquí está la diversión toda", nos dice un espectador ante el paso de la caravana alegre de disfraces, música y pólvora.
En algunos pueblos hemos visto bajar desde los cerros vecinos, junto con los capitanes, un grupo de músicos tocando sus instrumentos tradi­cionales; si hay banda no compiten con ella, porque visitan las casas de sus amigos en musical romería.
Concluido el "paseo", la animación renace por la noche en la plaza del pueblo. Si hay banda, toca la banda, y si no, tocan los músicos populares venidos de las aldeas vecinas. Se organizan entonces en algunos lugares los juegos del toro'e candela y las bolas de fuego. El primero de ellos, conocido en otros países de América con el nombre de toro candil y vaca loca, consis­te en hacer un armazón que simula el cuerpo de un toro, y en la cabeza, que remata en dos astas auténticas, se coloca una bola de trapo en cada una de ellas; rocían con kerosén estas bolas y les prenden fuego; al cabo de ello el toro está listo para iniciar sus correrías por las calles del pueblo, persiguiendo a los que lo torean. Las bolas de fuego son simplemente pelotas de trapo rociadas también con kerosén, a las cuales encienden y lanzan puntapiés por las calles. Como este último es un juego peligroso, ya casi no lo usan.
En Pregonero presenciamos un 24 de diciembre, al mediodía, fastuo­so paseo en el que salieron además de varios disfraces, la Burrita y el Toro'e Candela, personajes que hicieron después en la noche las deli­cias de hombres y muchachos por todas tas calles del pueblo.
En Cordero a propósito de estas costumbres, nos decía don Delfín Sayago: "Los disfrazados también se han acabado. Antes salían al co­menzar las misas, de día. Jugaban y corrían a los muchachitos; no pe­dían lochas. Continuaban así hasta el día de los Reyes. Salía además la Burrita y el Toro'e Candela". Estos datos se suman pues, a nuestras observaciones directas, aportando además la información de que su ce­lebración se prolongaba hasta el 6 de enero.
En San José de Delicias hacen además una especial diversión que consiste en sacar unas cuantas figuras de gigantes con figuras de hom­bre y de mujer; con ellas van los tradicionales disfraces, "los caballitos" (burrita), el diablo con una vejiga llena de aire para corretear a los mu­chachos, etc. Todo esto, durante los acostumbrados “paseos”.
También recogimos el dato de que en San Antonio (Dto. Bolívar), sale por este mismo tiempo una figura de mujer gigante, a la cual llaman Doña Ursula.
Se puede decir que todo el Estado Táchira compite en animación y fe católica en los días de Navidad, para que los festejos en cada uno de sus pueblos sean los mejores; y de este modo, la Navidad tachirense puede colocarse entre las más destacadas del país.

LA NAVIDAD EN MI CASA - LUIS FELIPE RAMON Y RIVERA

El tiempo más dulce fue siempre el de diciembre, el de la Navidad. Aque­lla ciudad solitaria, impregnada de fervor religioso, podía lanzar a la calle largas procesiones de santos diversos. No había tráfico ni urgen­cias que estorbaran esas actividades espirituales.
Recuerdo que por las calles empedradas de La Guacara desfilaban en esos tiempos navideños las procesiones populares de la «Parada del Niño». Iban adultos de ambos sexos y muchachos cantando y rezando en medio de la calle. Portaban grandes velas encendidas y faroles de distin­tos colores que daban belleza plástica a la procesión. Las mujeres todas, cubiertas sus cabezas con mantillas negras o con el pañolón, que era un grueso manto negro, de seda, adornado con grandes flecos; ésta era una pieza cara, importada, que sólo podían usar mujeres en cierta posición económica. Los hombres, sombrero en mano, muchos de ellos acompa­ñando el rezo del Rosario con gruesas camándulas en sus manos.
Antes de la Noche Buena era un placer levantarse a las cuatro o cuatro y treinta de la madrugada para acudir a Misa de Aguinaldos. No hacía falta poner a funcionar el despertador porque con el primer repique de campanas empezaba el tronar de «la pólvora», principalmente de «vola­dores» (cohetes) y morteros. Era un gozar, hacer chistes, vestimos y salir para la iglesia.
El canto de aguinaldos, la emoción de los encuentros amistosos de adul­tos y muchachos, tenía muchas veces también el encanto de que aque­llos que se gustaban con algo de ansias amorosas, disfrutaban la oportu­nidad de conversar e incluso de estar juntos durante la misa. Eran ino­centes amoríos infantiles. A veces el muchacho le susurraba al oído de la niña: ¿vamos a poner unos amores?... Y la sonrisa y el rubor rubrica­ban mágicamente una feliz respuesta.
En la casa el día 24 se hacían las hayacas, para lo que todos ayuda­ban. Unos, los mayores, cortaban de las matas de plátanos las gran­des hojas verdes. Los chicos arrancábamos de esas mismas plantas la corteza medio seca que las recubre. Con ese material bien humedeci­do, se sacaban las largas tiras «ganchos» que servían para atar las hayacas y los bollos.
Adentro en la casa, el trabajo se repartía así: Ya cocido y molido el maíz, unos se ocupaban de lavar y extender las hojas, otros, de exten­der la húmeda masa sobre las hojas, otros de envolver la hayaca, otros de atarla. La proporción de guiso que debía llevar cada unidad era cosa de mamá, la abuela, o de algún otro adulto porque de eso había que tener buen cuidado de que no fuera excesivo ni faltara nada: dos aceitunas, dos o tres alcaparras, tres o cuatro pasas de uva que se añadían por cada hayaca al guiso de carne de res y de cochino, guiso al que no podían faltar los garbanzos y algunos pedacitos de tocino. Ali­ños y sazón de sal, también era determinado por mamá o por la abuela. En la noche a partir de las diez más o menos, aquel aroma inigualado nos hacía la boca agua, pero no había más remedio que esperar hasta después de las doce, cuando regresábamos de misa, llenos de bienestar y alegría a festejar la Noche Buena en el seno del hogar, comiendo nuestras ricas hayacas junto con trozos del famoso Pan Dulce «Pan Aliñado Andino», o con cuartos de aromáticas «semas» y buenos posillos de café con leche.

POEMAS, COPLAS Y CANTICO DE NAVIDAD DE MANUEL FELIPE RUGELES

Desde finales de noviembre comenzaba el tiempo de los pesebres, todo hablaba de los nacimientos y de la cercana nochebuena. Gran­des acontecimientos rompían todos los años la monotonía de la edad y juntaban los grupos sociales que en el resto de los días estaban distanciados por las tontas categorías que imponía una absurda clasificación de gentes de primera y segunda. En enero, las ferias y fiestas patronales; en marzo o abril, la semana santa y en diciembre, la nochebuena.
Las fiestas de enero eran la cita de la calle, en las plazas de toros, las funciones de circo, en las ferias que organizaban los colombianos con centenares de bestias que traían desde la altiplanicie de Bogotá, era la época de los bailes, clubes, botiquines y plazas y de las casas de juegos que permanecían abiertas noche y día durante la temporada.
Casi siempre coincidían la semana santa con la visita de la espesa neblina que cubría el paisaje como un sudario y el castigo de un verano que secaba las fuentes y destruía los sembrados. Eran días de silencio envueltos en un tremendo calor. Clima propicio para que desde el púlpi­to los sacerdotes recordaran a los parroquianos las amenazas de muerte y castigo eterno que colgaban sobre la vida de los incrédulos. Se apagaban las lámparas y los días transcurrían entre amenazantes sermones, cánticos y procesiones en angustiosa espera de la Resurrección del sá­bado en que terminaba la alegría con el repique de las campanas de la Catedral y de la Ermita.
Si las ferias o la semana santa obligaban a la gente a congregarse en plazas e iglesias, la nochebuena era el festejo hogareño. Una celebración que se convertía en competencia de amor y artesanía en la construcción de los pesebres y en la preciosita elaboración de la cena.
Con noviembre se despedía el mes de los muertos, las noches de los rezos para pedir por el eterno descanso de padres y familiares fallecidos y por los muertos que no tenían deudas en el mundo. Al entrar diciem­bre, el cielo de San Cristóbal parecía más azul, más alto, más cielo. Un aire alegre, que hacia cosquillas, envolvía a los hombres trasnochados y a las mujeres madrugadoras que se encontraban en las desiertas calles cuando regresaban los unos de la simple bohemia pueblerina y encami­naban las otras sus pasos a la iglesia en donde la música del órgano acompasaba la palabra del predicador que hablaba ahora de la alegría de la natividad y del misterio de Belén.
Un día, muy de mañana, los corredores y las salas de las casas quedaban invadidas por el perfume del gusanillo que habían traído de las montañas vecinas. Eran las vísperas de la nochebuena. Con el gusanillo, llegaban también cargas de musgos, o de lamas, como se decía en el lenguaje andino, y los helechos y las parásitas. Doña Regina empezaba a sembrar, en vasijas, los granos de maíz para que otro verde formara parte del paisaje vegetal del pesebre, mientras que las muchachas de la casa buscaban, en los plantíos que rodeaban la ciudad, las espigas de la caña brava y las hojas secas para cons­truir la choza del Niño-Dios.
Manuelita Arciniegas, Anagustina Ramírez, Encarnación Niño eran las artistas del anime y de su manos salían rebaños de dulces ovejitas con su piel de algodón, sus paticas de palos de fósforos, sus orejitas de cartón. Sara García rompía la monotonía de los rebaños para crear un rico mundo de personajes de anime, en donde figuraban el cotudo del pueblo, la pareja campesina con sus ruanas y sus sombreros, la lavande­ra, el zapatero, el cura y el comisario de la aldea.
Competían estas artistas del anime, con los alfareros de las lomas de Capacho. En aquellos tiempos, en los que todavía no se habían clasifica­do y bautizado ciertas expresiones del arte como "ingenuas", los muñe­cos de barro de capacho constituían las más depuradas, rica y expresiva manifestación de arte campesino, en donde un grupo de artistas de la arcilla creaban personajes y escenas que reflejaban en forma critica y original el universo que los rodeaba.
Ovejas y muñecos de anime y muñecos de barro alternarían en el mundo del pesebre con los juguetes de lata, los soldaditos de plomo y los leones, tigres, elefantes y patos, de celuloide que a lo largo del año, la madre y los niños habían comprado en las quincallas del mercado o en las tiendas y almacenes de mayor categoría.
La preparación del escenario consumía varios días. El armazón que iba a sostener montañas y valles reclamaba ciencia y pacien­cia. Escoger las tablas o el mesón que se transformaría en el valle por donde iban a llegar los reyes y se colocarían los espejos con­vertidos en lagos en donde navegarían los barquitos de madera y nadarían cisnes y ballenas de celuloides. Detrás del mesón había que levantar el espinazo de las montañas, en cuya base estaba la cueva sagrada. Las cañabravas del armazón debían colocarse a diferentes alturas y en distintas direcciones para que la gran tela pintada de verde y almidonada con azulillo tomara en sus hondo­nadas y eminencias las formas perfectas de una montaña andina. Luego vendría el reguero del talco que debía brillar en las noches y simular, también, la nieve de las alturas. El musgo volvería a su condición primitiva al adherirse a las montañas inventadas. Y cuan­do ya el gusanillo envolvía y dominaba el paisaje y los retoños del maíz y las otras ramas traídas de la montaña hacían posible la aparición de los animales y del hombre, el paisaje se poblaba de ovejas, de caballitos y de vacas, de leones y perros, de paticos y pájaros. Luego harían su entrada los personajes de barro y las muñecas extranjeras y los policías y los curas y las beatas que habían brotado de los tallos del anime y los trencitos eléctricos y las luces de colores que comenzaban a establecer nuevas catego­rías entre los pesebres de la ciudad.
Era en la noche del 24, después de las ocho, cuando las manos de Doña Regina colocaban en el pesebre de mi casa, a San José y a la Virgen, a la mula y al buey, pero la cuna de paja quedaba vacía esperando la hora que se repite de año en año a través de los siglos, en que nacía el Niño Jesús. Noche de vela y alegría, noche de villancicos, de luces de bengala, de buñuelos cubiertos con la purísima miel de nochebuena. Noche del vino dulce y del bizcochuelo y del repique llamando a misa de medianoche, en la iglesia vecina. Noche en que la hoguera del amor familiar se encendía en todo el pueblo, de Pirineos hasta el Río, desde Puente Real hasta La Concordia.
Desde la nochebuena hasta la llegada de los Reyes Magos, todas las noches se habría las puertas para recibir los grupos que iban a visitar los nacimientos. Entre todos sobresalía el pesebre de las Sabino. Las Sabino habían contraído con San Cristóbal el compromiso de mantener el mejor nacimiento de la ciudad, y para ellas, todo el año era víspera de nochebuena. Desde el mes de enero dedicaban parte de sus escasos re­cursos a comprar nuevas figuras, a retocar en casa el ángel de la paz, los muñequitos que habían sufrido desperfectos, a encargar el anime, el musgo, la grama, el gusanillo. Y a lo largo de los meses, en los ratos que les dejaban libres su tarea de maestra, su tema era la nochebuena, y largas discusiones se tejían entre las hermanas acerca del gran acontecimiento familiar que para ellas constituía el pesebre y la ciudad les pre­miaba con el interminable desfile de visitantes, aquella entrega perpetua a la adoración del Niño Jesús.
La devoción popular del pesebre reflejaba un clima social y un tiem­po de sencillas alegrías y modesto vivir que congrego, durante centu­rias, a las comunidades andinas. El pesebre era altar, pero también la oportunidad de hacer presentes las obras del arte popular y de convertir al pueblo en una sola gran morada con todas las puertas abiertas para reunir a los parroquianos que iban de casa en casa, bajo el mandato cristiano de paz y buena voluntad.

LA NAVIDAD TACHIRENSE - LEONOR PEÑA

En San Cristóbal, diciembre se anticipa en el aire: “Lo encontramos de pronto, más transparente y más esbelto y mas tembloroso, más alto. Se nos solazan más vivamente, dentro de él las cosas y las distancias. Comprobamos así, que la luz adquiere candideces de recién nacida; que los pájaros cantan y vuelan con mayor júbilo; que las aguas pasan con más alacridad; que la brisa nos ciñe con mayor ternura; que las campanas suenan como si estuvieran dentro de nuestro corazones”. Así describe diciembre en la ciudad, el poeta Pedro Pablo Paredes.
La historia nos cuenta también con la poesía de los recuerdos y de las tradiciones que perduran, el porque diciembre en el Táchira es un tiempo fugado del paraíso: tiempo de emocionarse con los primeros villancicos cantados por los benjamines de las familias; de almibarar buñuelos; de buscar en el puesto de las flores del mercado las recién llegadas albricias del páramo, que desde los floreros nos auguran felicidad. Tiempo de asomarse por las ventanas de esas viejas casonas que aún nos quedan y ver como un prodigio de texturas y tonos el colorido pesebre con sus paneles y telas, teñidos por las manos hacendosas de toda la familia: lleno de lama montañera, de guinchos florecidos, de lentejas retoñadas simulando sementeras o sembradíos de maíz, y sobre todo lleno de orgullo de los dueños de la casa, que han cedido a la tradición del pesebre, el honor de presidir la sala.
Diciembre en el Táchira es también tiempo de golondrinas surcando los cielos; de probar en brindis los mejores ponches salidos del viejo recetario; de reunirse desde los primeros días a fabricar en papel de colores los globos que incendiarán la noche decembrina de antorchas que vuelan; de rezar la novena al Niño desde el dieciséis hasta el veinticinco; y de asistir también en esas fechas a las nueve misas de aguinaldos, madrugadora fiesta de esta tierra, donde cada gremio o grupo se luce patrocinando la celebración de la misa aguinaldera, demostrando su júbilo y liderazgo mediante el mayor y más sonoro símbolo de fiesta en el Táchira: la pólvora y la música.
Quizá, de todas las tradiciones la más popular, la más adentrada en la memoria del pueblo, envuelta en los girones del tiempo, sea la del “Año Viejo” y “El Toro de Candela”. Los dos consolidan su trapuda presencia en la ropa vieja recolectada de casa en casa, por los muchachos volantineros del barrio, de la cuadra, de la aldea, sin distingo social. Es con sobrantes retazos de coleto, con residuos de madera, que improvisadamente les vertebran su eje y en su corazón de pólvora y trapo mojado en kerosén, llevarán el “Año Viejo” y el “Toro de Candela” por costumbre del sentir popular, toda la teluria decembrina de esta tierra de tradición.
Finaliza diciembre, mes de lucir en las mesas la sazón añeja y cuidadosa que reúne a la familia en la liturgia gastronómica de hacer las hallacas. Mes de brindis, buenos deseos y mejores saludos. Mes donde los tachirenses estrenamos el sol nuevo del verano recién llegado, entre ligeras lluvias despidiendo el invierno y verdes recién nacidos como el Niño Dios. Mes donde la ciudad y los pueblos abrillantan su rostro en el follaje nuevo de sus árboles y el azul alegre de su cielo, que nos contagia de pascua y nos tienta a borrar del calendario los demás nombres de los días de la semana, para llamarlos a todos: domingo. Como dice un sentir campesino… “diciembre en el Táchira es un mes dominguero”.
Por todo lo cierto de estas razones, creí necesario recopilar para las nuevas generaciones, la “tradiciones navideñas”, herencia que el ayer no lejano nos ha entregado, gracias al trabajo de escribir para resguardar de: Ramón J. Velásquez, quien además las ha editado en la colección de los tachirenses, la Biblioteca de Autores y Temas Tachirense, BATT; Luis Felipe Ramón y Rivera, Isabel Aretz, Anselmo Amado, J.J. Villamizar Molina, Rafael María Rosales, Reina Durán, José Humberto Maldonado y Leonor Peña.